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Manos sujetando una bola del mundo

Los algoritmos, ¿el nuevo amigo invisible de la infancia y la adolescencia?

Ethic

Nadie es ajeno a su existencia. Sabemos que están ahí, ocultos en algún lugar de nuestra vida digitalizada e hiperconectada, pero muy presentes. Los algoritmos están en las recomendaciones que recibimos, en los contenidos que nos impactan y en las decisiones que tomamos. Desarrollos informáticos, a menudo invisibles, que manejan desde la trastienda los hilos de nuestra vida cotidiana. Y que también intervienen cada vez más en la construcción de la identidad y personalidad de los ciudadanos. Un influjo no siempre transparente ni inocuo y que es especialmente relevante en el caso de niños y adolescentes. 

 

Con ese marco de fondo y dentro del programa Movimiento AzulEthic y Movistar han celebrado un encuentro en el que distintos expertos han debatido acerca de la importancia de conocer cómo actúan las plataformas y de buscar mecanismos que logren un diseño responsable y transparente de los algoritmos.

 

«Los algoritmos dominan nuestra vida digital: nos hacen recomendaciones de libros, de series, de destinos… En teoría, para hacernos la vida más fácil, pero a menudo esas directrices son demasiado dirigidas, están cargadas de sesgos e intereses y pueden hacernos tomar decisiones que en realidad no son nuestras», reflexionó María Zabala, moderadora de la jornada. 

 

La periodista y consultora de comunicación, especializada en tecnología y sociedad digital, recordó los riesgos de unos algoritmos demasiado opacos. «Hay que preguntarse quién decide el tipo de contenidos que nos llegan por redes sociales o a través de un medio digital y por qué. Y hay que exigir plataformas más éticas y transparentes, que los gobiernos regulen y defiendan nuestros derechos y que nos ayuden a protegernos con una matriz de alfabetización digital», apuntó.  

 

Convivir con el algoritmo

Gracias a esta nueva era digital en la que la tecnología es omnipresente y marca el paso de todas las actividades humanas, la palabra «algoritmo» ha saltado de la jerga puramente informática al lenguaje coloquial y cotidiano. Pero el hecho de que se use el término, tal como advirtió Jorge Calvo, responsable de tecnología e innovación en el Colegio Europeo de Madrid, no implica que se comprenda bien de qué se trata. «Un algoritmo es una secuencia de operaciones, instrucciones que nos permiten resolver un problema», resumió. Aunque esta definición más o menos canónica ha evolucionado con la llegada de la Inteligencia Artificial. «Antes teníamos un dato, le dábamos una secuencia de operación y el algoritmo nos ofrecía una salida. Ahora, le damos un dato y un resultado y la máquina es capaz de predecir el siguiente resultado. Es un cambio de concepto», expuso. 

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Influencia en niños y adolescentes

La manera en la que el algoritmo condiciona nuestros comportamientos e incluso interviene en la gestación de la propia identidad, especialmente entre los más jóvenes, es una de las principales preocupaciones de quienes ven cómo niños y adolescentes están diariamente expuestos a su influjo. Lucía Halty, directora de la Cátedra de Innovación y Salud Mental de la Universidad Pontificia de Comillas, no cree, sin embargo, que el algoritmo defina personalidades, sino que más bien las replica. «Sabemos que el algoritmo influye en la atención y en la emoción, pero no determina nuestra forma de ser, porque ésta ya estaba ahí antes. Lo que hacemos es reproducir en el algoritmo nuestra propia personalidad, es un espejoLas personas que se mueven por recompensas buscarán en él cosas que les hagan sentirse mejor; y las que se mueven por inhibición, una vía de escape de su malestar. En ese sentido, el algoritmo se podría asemejar a un gemelo digital de nosotros mismos», explicó. 

 

La sociología también se ve impactada por la tecnología exponencial. Casos como el de la compañía privada Cambridge Analytica hacen que estos desarrollos encabecen la lista de sospechosos siempre que se produce un movimiento social o ideológico de cierta envergadura y en una determinada dirección. Beatriz Martín Padura, miembro del Grupo de Expertos del Gobierno para la protección de menores en entornos digitales y directora general de Fad Juventud, cree que es importante que los adultos sepan transmitir a los más jóvenes esa cara menos amable de la digitalización. «Necesitan saber que hay una parte del entorno Internet que se escapa a nuestro control, que nos está perfilando continuamente, tiene una intencionalidad y puede influir en nuestros comportamientos y actitudes».

 

Martín Padura recordó cómo Internet construye «redes madriguera que te llevan por determinados sitios». Lugares que, explicó, funcionan como «cámaras de eco en las que entramos voluntariamente y en las que no nos cuestionamos nada porque, simplemente, refuerzan lo que nosotros pensamos». Algo, advirtió, muy peligroso desde un punto de vista colectivo y que conduce «a la polarización y a la pérdida de pensamiento críticocuriosidad y capacidad de cuestionamiento». Si a eso se le suma una ausencia de mediación adulta «porque los adultos sabemos poco de lo que sucede en estos entornos» se da, «la tormenta perfecta».

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Internet no es el único culpable

Culpar a las nuevas tecnologías de todos los males de la humanidad es un mantra recurrente. Especialmente cuando se trata de explicar determinados trastornos o problemas de la adolescencia. Los expertos, sin embargo, no creen que ese juicio sea del todo justo. «La narrativa de que todo iba bien hasta que llegó Internet es solo parcialmente cierta», señaló María Zabala. 

 

En la misma línea, Lucia Halty insistió en la idea de que hay que ver a los algoritmos como un generador de vulnerabilidad, sino como un altavoz de algo que ya estaba presente en los chicos. «Tenemos que dejar de demonizar al algoritmo y preocuparnos como padres y educadores de cubrir las vulnerabilidades con las que crecen nuestros niños, enseñarles a gestionar sus emociones». Y ese trabajo, avisó, hay que empezar a hacerlo mucho antes, a los seis años. «Porque si no, cuando lleguen a la adolescencia su mente no va a poder contener ese tsunami emocional y se van a ver desbordados».

Acotar al algoritmo

En ese ponderar al algoritmo en su justa medida, Jorge Calvo también recordó su dimensión positiva en muchísimas aplicaciones de sanidad, de educación e incluso de consumo. «Lo que debemos procurar es hacer un uso más smart y menos de simple user de esta tecnología». Algo para lo que, puntualizó, hace falta conocimiento. «No puedes reflexionar sobre lo que no conocesLa base del pensamiento crítico y de la reflexión es el conocimiento».

 

El responsable de tecnología e innovación en el Colegio Europeo de Madrid también advirtió sobre el peligro de confiar ciegamente en la IA. «Porque ese nivel de confianza total anula la capacidad críticaEs muy importante saber el tipo de herramienta que tienes delante». 

 

En cuanto a si es razonable que los chicos usen la IA para hacer sus deberes escolares y actividades cotidianas, Jorge Calvo cree que es imprescindible «porque van a tener que trabajar con estas y otras tecnologías cuando lleguen al mundo laboral». Pero, eso sí, «deben aprender a gestionarlas sin que obstaculicen el pensamiento humano y una serie de habilidades blandas que hay que seguir desarrollando».

El papel de los padres

La frustración que sienten los padres por el uso –y, en ocasiones, abuso– que sus hijos hacen de la tecnología es una queja habitual y algo que a menudo se suele atajar con medidas drásticas. Lucía Halty, sin embargo, es de la opinión de que quitarles el teléfono móvil no es una buena solución. «El control debilita las relaciones. Lo que debemos hacer es procurarles herramientas de autoconocimiento. Porque si te conoces, sabes por qué haces las cosas y puedes tomar decisiones al respecto». 

 

Beatriz Martín Padura, por su parte, instó a los padres a incluir a sus hijos adolescentes en el debate y a tratarlos como lo que son: «personas con criterio propio». Y concluyó: «En nuestro afán por protegerles a veces los infantilizamos demasiado y olvidamos que ellos tienen voz autónoma. Y el protagonismo del adolescente en esta discusión es necesario».