La tecnología, aliada de las personas LGTBIQ+

Una tarde calurosa a principios de los 2000, me vino a la mente una melodía que no supe muy bien dónde había escuchado. Sabía que era una canción famosa y que en un momento dado decía las palabras “es un huracán”.  Tendría once o doce años y me resigné, como tantas veces, a no dar con una respuesta a aquello que buscaba. Entonces no era tan fácil obtener información, y más si la única pista consistía en una melodía mal tarareada.

Caí en la cuenta de que, en mi pueblo, en mitad de La Mancha, había abierto uno de esos cibercafés, que en ese momento todavía funcionaban con pesetas. Allí que me fui, metí una moneda de veinte duros y tras una ardua tarea de investigación –recuerdo a los lectores más jóvenes que los buscadores eran por entonces rudimentarios– descubrí que esa canción era ‘Eloise’ y que la cantaba un tal Tino Casal.

Desde aquella tarde de verano de mi preadolescencia, la tecnología se ha ido desarrollando sin detenerse, llegando a transformar incluso la vida de un niño manchego que no podía imaginar que iba a poder compartir sus inquietudes con tantas personas en todo el mundo. Internet me sirvió no solo para encontrar referentes, –incluyo a los cercanos, gente como yo con la que ahora podía charlar, y los inalcanzables, como el cantante asturiano–, sino también para servir de referencia a otras personas.  Quienes recordamos un mundo sin internet seguimos comprobando con entusiasmo este milagro que es estar conectados.

Uniones digitales

El colectivo LGTBI tal y como lo conocemos no sería igual sin las nuevas tecnologías. Gracias a internet, incluso en los sitios más recónditos es posible dar con personas como nosotros que, a menudo, nos sirven de impulso para construir nuestra propia identidad. De Fotolog a Tiktok, del MSN Messenger a Whatsapp, las personas fuera de la norma empezamos a poder conectar sin la amenaza de la violencia que tan a menudo va aparejada a nuestra experiencia vital –las agresiones LGTBIfobas aumentan cada año según los estudios–.

Las plataformas online han sido además indispensables para un activismo que ha derivado en un importante reconocimiento de derechos y conquistas sociales. Cualquier adolescente que hoy empiece a intuir que no encaja en la norma tiene a su alcance un millón de posibilidades que hace unas décadas solo podíamos soñar, y la práctica totalidad están en internet. Desde asociaciones que atienden a quienes necesitan ayuda hasta series en plataformas que hablan sobre nuestra realidad, nunca ha sido tan fácil obtener información y encontrar el acompañamiento que casi todos hemos necesitado para aceptar y celebrar quienes somos.

Nuevos retos

En un mundo dominado por la economía digital y por innovaciones diarias, no hay que olvidar que las tecnologías que generamos reflejan las desigualdades de la sociedad. Mientras se constata que algoritmos e inteligencia artificial reproducen sesgos machistas, LGTBIfobos o racistas, las redes sociales son un campo de batalla habitual en el que las personas LGTBI recibimos una violencia digital constante.

Debe ser una prioridad, sobre todo para quienes gestionan estos espacios y para quienes programan los códigos que definirán el futuro de las estructuras digitales, acabar con la discriminación que los colectivos minorizados venimos padeciendo a lo largo de la historia, y que la tecnología reproduce si no tomamos consciencia de ello y apostamos firmemente por un internet seguro para todos.

Orgullo pasado, orgullo futuro

Años después de aquella tarde en el cibercafé de mi pueblo, gracias a un foro dedicado a Tino Casal conocí a una persona fundamental en mi vida. Entonces se les llamaba ‘ciberamigos’, porque parecía que lo ‘ciber’ no era tan verdadero como eso que empezamos a denominar ‘la vida real’. Pero encontrar a esta persona fue lo más real que me pasó en aquellos años en los que internet se convirtió en mi hogar.

Sin las nuevas tecnologías, mi tránsito por la adolescencia y la juventud hubiera sido más solitario. Con ese amigo fui a mi primer Orgullo, con él seguiré yendo a todos los que nos queden. Y todo porque, una tarde calurosa a principios de los 2000, me vino a la cabeza la mitad de una melodía, y ese huracán que son las nuevas tecnologías me permitió completarla, compartirla y encontrarme en ella.

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