Humanismo tecnológico o cómo poner a las personas en el centro

Seis de las diez empresas más grandes del mundo son tecnológicas. La economía digital ya representa el 22% del PIB en España y se espera que llegue al 40% en 2030. Para este mismo año se calcula que habrá un total de 500.000 millones de dispositivos conectados…

¿Estamos yendo demasiado rápido?

¿Cómo puede el humanismo tecnológico ayudarnos a mantener una reflexión pausada que ponga al ser humano en el centro del progreso, especialmente en lo que respecta a colectivos en situación de vulnerabilidad, como es el caso de las personas con discapacidad?

Para saber qué tiene que ver Sam Altman con el humanismo tecnológico tenemos que remontarnos al 16 de mayo del pasado año, cuando el director ejecutivo de Open AI respondió a las preguntas de los senadores con la serenidad de quien repasaba la lista de la compra. Es poderosamente simbólica su imagen alzando su mano derecha, jurando decir ‘la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad’.

Pareciera que su papel allí fuera en condición de testigo, un observador que está en el lugar de los hechos, pero que no interviene en ellos. En cierto modo es así. Sam testificó en el Senado por ser uno de los grandes representantes de una tecnología que ya ha aposentado sus raíces en el presente, y de las que desconocemos -o al menos solo intuimos- sus ramificaciones en el futuro. “Mi mayor miedo es que causemos un grave daño al mundo”, dijo.  En esa misma sesión, Gary Marcus, profesor emérito de psicología y Neurociencia de la Universidad de Nueva York, sentenció que “la humanidad está yendo por detrás esta vez”.

El humanismo tecnológico

No es baladí el asunto.

¿Estamos yendo demasiado rápido?

¿Somos capaces de absorber y reflexionar las nuevas tecnologías a la velocidad a la que surgen?

¿Tiene razón Gary Marcus cuando dice que estamos yendo por detrás de ella?

¿Estamos a tiempo de poner a las personas en el centro de la innovación, especialmente aquellas que tienen una discapacidad?

No es la intención de este artículo sumirnos en el catastrofismo. En absoluto. No sirve de nada ponerse delante del tren del progreso tecnológico tal y como lo hicieron los luditas cuando la máquina de vapor amenazaba con quitarles su empleo.

Primero, porque sería absurdo negar que la tecnología seguirá mejorando la vida de millones de personas, tal y como lo ha ido haciendo hasta ahora. Y segundo, porque es un proceso imparable. Poniéndonos delante de ese tren lo único que conseguiremos es que nos arroye. No es necesario ni conveniente detenerlo, pero sí lo es preguntarnos cuál es su destino para no encontrarnos luego con la desagradable sorpresa de que no va hacia ninguna parte. Necesitamos recuperar el concepto de humanismo tecnológico. Esto es, cómo ponemos a las personas en el centro del desarrollo técnico para que la tecnología responda a nuestros intereses.

Tecnología y discapacidad

La mejor forma de que la tecnología maximice su impacto en la calidad de vida de las personas con discapacidad es poniendo sus necesidades en el centro. Hemos de volver a los orígenes. Están un poco lejos, concretamente hace dos millones de años. El ser humano, que aún habitaba las cuevas en el albor del paleolítico, construyó una lanza con una piedra tallada en el fuego: el homo habilis comenzó así su largo romance con la técnica. Su impacto fue brutal. Un pequeño artilugio para la caza fue determinante para la supervivencia de toda una especie que aprendió a usar la inteligencia para mejorar sus capacidades de adaptación al entorno.

Ahora hemos pasado del Homo Habilis al Homo Data (lo hemos acuñado así). No obstante, independientemente de su sofisticación, el binomio entre progreso tecnológico e impacto en la vida de las personas debe seguir siendo el faro que nos guie.

En el caso de las personas con discapacidad, las posibilidades que la tecnología puede brindarles para facilitar su adaptación al entorno son enormes, tal y como lo hizo el homo habilis, con la sutil diferencia de que esta vez muchas de las barreras que se encuentran presentes en sus vidas las hemos creado nosotros mismos.

Big Data, Internet of Things, Inteligencia Artificial, Blockchain, etc., son algunas de las tecnologías emergentes que pueden mejorar la calidad de vida de las personas con discapacidad, pero también otras relacionadas con el campo de la bio y nanotecnología, con expectativas muy prometedoras en la mejora de los sistemas protésicos que ayuden a recuperar funciones motoras, como en el caso de las personas con lesión medular.

Las humanidades en el liderazgo del progreso tecnológico

Como ven, las posibilidades son enormes, pero debemos afrontar la actual emergencia digital con una visión social, humanista, inclusiva y sostenible para garantizar una transición digital que en ningún caso viole, sino que refuerce los derechos humanos. Es decir, la tecnología no solo nos ha de ayudar a derribar aquellas barreras de inclusión ya existentes, sino que en ningún caso ha de convertirse en un factor más de exclusión por la ya conocida brecha digital.

Los avances tecnocientíficos necesitarán de filósofos, antropólogos, psicólogos o sociólogos que lideren el progreso tecnológico. No por nada Tim Cook, CEO de Apple, ha manifestado en varias entrevistas la importancia de trabajar en la intersección de las tecnologías y las humanidades. En el caso de las personas con discapacidad, esto aún no sería suficiente. Las empresas tecnológicas deben contar con diversidad en sus equipos para asegurarse de que los productos y servicios que puedan mejorar su calidad de vida no se hagan de espaldas a ellas. Es la manera más eficaz de cerciorarse de que la innovación tecnológica respeta los criterios de accesibilidad universal y no deje fuera a 1.000 millones de personas en el mundo que tienen algún tipo de discapacidad, según la OMS.

No podemos permitirnos que la humanidad “vaya por detrás”, como dijo Gary Marcus en el Capitolio. De lo contrario, estaríamos fracasando, dejándonos arroyar por el tren, sin la certeza de saber cuál será su destino, y que también será el nuestro.

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